Por Emilio Garza, Dr. en infraestructura ganador de 3 reconocimientos globales a mejor analista de construcción.

Hablar del Nuevo Aeropuerto Internacional de México en Texcoco no es solo hablar de una obra inconclusa. Es hablar de una oportunidad que, bien ejecutada, pudo haber transformado no solo la aviación nacional, sino la estructura económica, logística y ambiental del país durante las próximas décadas.
Pero también es necesario decirlo con claridad: Texcoco no era un proyecto sencillo. Era, probablemente, uno de los desarrollos de infraestructura más complejos del mundo.
Construir sobre un antiguo lago implicaba retos geotécnicos enormes. El subsuelo, altamente compresible, exigía soluciones de ingeniería de largo plazo: cimentaciones profundas, sistemas de drenaje avanzados y una planeación hidráulica integral. Nada de esto era imposible. De hecho, muchas de estas soluciones ya estaban contempladas en el diseño original.
El verdadero punto de inflexión no estaba en si se podía construir… sino en cómo se debía construir.
Si el proyecto se hubiera ejecutado con rigor técnico, continuidad institucional y supervisión transparente, Texcoco habría sido un referente global en ingeniería aeroportuaria.
Desde el punto de vista ambiental, el proyecto tenía el potencial de convertirse en un modelo de restauración ecológica. Contrario a la percepción generalizada, no se trataba únicamente de “destruir un ecosistema”, sino de intervenirlo de forma controlada. El plan contemplaba la recuperación de cuerpos de agua, regulación de inundaciones y creación de áreas de conservación.
Bien hecho, Texcoco pudo haber sido un ejemplo de cómo integrar infraestructura masiva con equilibrio ambiental.
En el ámbito económico, el impacto habría sido aún más evidente.
Un aeropuerto de clase mundial no solo mueve aviones; mueve cadenas de valor completas. Habría impulsado el turismo, fortalecido el comercio internacional y convertido a México en un hub logístico competitivo frente a otras regiones. La generación de empleos —directos e indirectos— habría sido sostenida durante años, no solo en la fase de construcción, sino en su operación.
Además, habría permitido resolver una limitación estructural que el actual sistema aeroportuario sigue enfrentando: la saturación.
El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México ha operado durante años al límite de su capacidad. Texcoco no solo habría sido una solución inmediata, sino una apuesta a futuro.
Sin embargo, también es importante reconocer que proyectos de esta magnitud no pueden depender de visiones fragmentadas o decisiones de corto plazo. Requieren continuidad, consenso y, sobre todo, confianza en la técnica.
Hoy, Texcoco es un recordatorio de lo que ocurre cuando la infraestructura se convierte en un tema político antes que técnico.
Pero también puede ser algo más valioso: una lección.
México seguirá necesitando grandes proyectos. Aeropuertos, trenes, puertos, ciudades. Y la pregunta no es si debemos hacerlos, sino si estamos dispuestos a hacerlos bien.
Porque cuando la ingeniería, la planeación y la responsabilidad ambiental trabajan juntas, los resultados no solo se construyen… trascienden.
Leave a Reply